sábado, 6 de abril de 2013

Páginas del Marxismo Latinoamericano

Punto de Vista Anti-Imperialista

José Carlos Mariátegui


1°— ¿HASTA QUÉ PUNTO PUEDE ASIMILARSE LA SITUACIÓN de las repúblicas latinoamericanas a la de los países semi-coloniales? La condición económica de estas repúblicas, es, sin duda, semi-colonial, y, a medida que crezca su capitalismo y, en consecuencia, la penetración imperialista, tiene que acentuarse este carácter de su economía. Pero las burguesías nacionales, que ven en la cooperación con el imperialismo la mejor fuente de provechos, se sienten lo bastante dueñas del poder político para no preocuparse seriamente de la soberanía nacional. Estas burguesías, en Sud América, que no conoce todavía, salvo Panamá, la ocupación militar yanqui, no tienen ninguna predisposición a admitir la necesidad de luchar por la segunda independencia, como suponía ingenuamente la propaganda aprista. El Estado, o mejor la clase dominante no echa de menos un grado más amplio y cierto de autonomía nacional. La revolución de la Independencia está relativamente demasiado próxima, sus mitos y símbolos demasiado vivos, en la conciencia de la burguesía y la pequeña burguesía. La ilusión de la soberanía nacional se conserva en sus principales efectos. Pretender que en esta capa social prenda un sentimiento de nacionalismo revolucionario, parecido al que en condiciones distintas representa un factor de la lucha anti-imperialista en los países semi-coloniales avasallados por el imperialismo en los últimos decenios en Asia, seria un grave error.

Ya en nuestra discusión con los dirigentes del aprismo, reprobando su tendencia a proponer a la América Latina un Kuo Min Tang, como modo de evitar la imitación europeísta y acomodar la acción revolucionaria a una apreciación exacta de nuestra propia realidad, sosteníamos hace más de un año la siguiente tesis:

"La colaboración con la burguesía, y aun de muchos elementos feudales, en la lucha anti-imperialista china, se explica por razones de raza, de civilización nacional que entre nosotros no existen. El chino noble o burgués se siente entrañablemente chino. Al desprecio del blanco por su cultura estratificada y decrépita, corresponde con el desprecio y el orgullo de su tradición milenaria. El anti-imperialismo en la China puede, por tanto, descansar en el sentimiento y en el factor nacionalista. En Indo-América las circunstancias no son las mismas. La aristocracia y la burguesía criollas no se sienten solidarizadas con el pueblo por el lazo de una historia y de una cultura comunes. En el Perú, el aristócrata y el burgués blancos, desprecian lo popular, lo nacional. Se sienten, ante todo, blancos. El pequeño burgués mestizo imita este ejemplo. La burguesía limeña fraterniza con los capitalistas yanquis, y aún con sus simples empleados, en el Country Club, en el Tennis y en las calles. El yanqui desposa sin inconveniente de raza ni de religión a la señorita criolla, y ésta no siente escrúpulo de nacionalidad ni de cultura en preferir el matrimonio con un individuo de la raza invasora. Tampoco tiene este escrúpulo la muchacha de la clase media. La "huachafita" que puede atrapar un yanqui empleado de Grace o de la Foundation lo hace con la satisfacción de quien siente elevarse su condición social El factor nacionalista, por estas razones objetivas que a ninguno de ustedes escapa seguramente, no es decisivo ni fundamental en la lucha anti-imperialista en nuestro medio. Sólo en los países como la Argentina, donde existe una burguesía numerosa y rica, orgullosa del grado de riqueza y poder en su patria, y donde la personalidad nacional tiene por estas razones contornos más claros y netos que en estos países retardados, el anti-imperialismo puede (tal vez) penetrar fácilmente en los elementos burgueses; pero por razones de expansión y crecimiento capitalistas y no por razones de justicia social y doctrina  socialista  como  es  nuestro  caso".

La traición de la burguesía china, la quiebra del Kuo Min Tang, no eran todavía conocidas en toda su magnitud. Un conocimiento capitalista, y no por razones de justicia social y doctrinaria, demostró cuan poco se podía confiar, aún en países como la China, en el sentimiento nacionalista revolucionario de la burguesía.

Mientras la política imperialista logre "manéger" los sentimientos y formalidades de la soberanía nacional de estos Estados, mientras no se vea obligada a recurrir a la intervención armada y a la ocupación militar, contará absolutamente con la colaboración de las burguesías. Aunque enfeudados a la economía imperialista, estos países, o más bien sus burguesías, se considerarán tan dueños de sus destinos como Rumania, Bulgaria, Polonia y demás países "dependientes" de Europa.

Este factor de la psicología política no debe ser descuidado en la estimación precisa de las posibilidades de la acción anti-imperialista en la América Latina. Su relegamiento, su olvido, ha sido una de las características de la teorización aprista.

2°—La divergencia fundamental entre los elementos que en el Perú aceptaron en principio el Apra —como un plan de frente único, nunca co¬mo partido y ni siquiera como organización en marcha efectiva— y los que fuera del Perú la definieron luego como un Kuo Min Tang latinoamericano, consiste en que los primeros permanecen fieles a la concepción económico-social revolucionaria del anti-imperialismo, mientras que los segundos explican así su posición; "Somos de izquierda (o socialistas) porque somos anti-imperialistas". El anti-imperialismo resulta así elevado a la categoría de un programa, de una actitud política, de un movimiento que se basta a sí mismo y que conduce, espontáneamente, no sabemos en virtud de qué proceso, al socialismo, a la revolución social. Este concepto lleva a una desorbitada superestimación del movimiento anti-imperialista, a la exageración del mito de la lucha por la "segunda independencia"', al romanticismo de que estamos viviendo ya las jornadas de una nueva emancipación. De aquí la tendencia a reemplazar las ligas anti-imperialístas con un organismo político. Del Apra, concebida inicialmente como frente único, como alianza popular, como bloque de las clases oprimidas, se pasa al Apra definida como el Kuo Mín Tang latinoamericano.

El anti-imperialismo, para nosotros, no constituye ni puede constituir, por sí solo, un programa político, un movimiento de masas apto para la conquista del poder. El anti-imperialísmo, admitido que pudiese movilizar al lado de las masas obreras y campesinas, a la burguesía y pequeña burguesía nacionalistas (ya hemos negado terminantemente esta posibilidad) no anula el antagonismo entre las clases, no suprime su diferencia de intereses.

Ni la burguesía, ni la pequeña burguesía en el poder pueden hacer una política anti-imperialista. Tenemos la experiencia de México, donde la pequeña burguesía ha acabado por pactar con el imperialismo yanqui. Un gobierno "nacionalista" puede usar, en sus relaciones con los Estados Unidos, un lenguaje distinto que el gobierno de Leguía en el Perú. Este gobierno es francamente, desenfadadamente pan-americanista, monroista; pero cualquier otro gobierno burgués haría, prácticamente, lo mismo que él, en materia de empréstitos y concesiones. Las inversiones del capital extranjero en el Perú crecen en estrecha y directa relación con el desarrollo económico del país, con la explotación de sus riquezas naturales, con la población de su territorio, con el aumento de las vías de comunicación. ¿Qué cosa puede oponer a la penetración capitalista la más demagógica pequeña-burguesía? Nada, sino palabras. Nada, sino una temporal borrachera nacionalista. El asalto del poder por el anti-imperialismo, como movimiento demagógico populista, si fuese posible, no representaría nunca la conquista del poder, por las masas proletarias, por el socialismo. La revolución socialista encontraría su más encarnizado y peligroso enemigo, —peligroso por su confusionismo, por la demagogia—, en la pequeña burguesía afirmada en el poder, ganado mediante sus voces de orden.

Sin prescindir del empleo de ningún elemento de agitación anti-imperialista, ni de ningún medio de movilización de los sectores sociales que eventualmente pueden concurrir a esta lucha, nuestra misión es explicar y demostrar a las masas que sólo la revolución socialista opondrá al avance del imperialismo una valla definitiva y verdadera.

3º—Estos hechos diferencian la situación de los países Sud Americanos de la situación de los países Centro Americanos, donde el imperialismo yanqui, recurriendo a la intervención armada sin ningún reparo, provoca una reacción patriótica que puede fácilmente ganar al anti-imperialismo a una parte de la burguesía y la pequeña burguesía. La propaganda aprista, conducida personalmente por Haya de la Torre, no parece haber obtenido en ninguna otra parte de América mayores resultados. Sus prédicas confusionistas y mesiánicas, que aunque pretenden situarse en el plano de la lucha económica, apelan en realidad particularmente a los factores raciales y sentimentales, reúnen las condiciones necesarias para impresionar a la pequeña burguesía intelectual. La formación de partidos de clase y poderosas organizaciones sindicales, con clara consciencia clasista, no se presenta destinada en esos países al mismo desenvolvimiento inmediato que en Sud América. En nuestros países el factor clasista es más decisivo, está más desarrollado. No hay razón para recurrir a vagas fórmulas populistas tras de las cuales no pueden dejar de prosperar tendencias reaccionarias. Actualmente el aprismo, como propaganda, está circunscrito a Centro América; en Sud América, a consecuencia de la desviación populista, caudillista, pequeño-burguesa, que lo definía como el Kuo Min Tang latinoamericano, está en una etapa de liquidación total. Lo que resuelva al respecto el próximo Congreso Anti-imperialista de París, cuyo voto tiene que decidir la unificación de los organismos anti-imperialistas y establecer la distinción entre las plataformas y agitaciones anti-imperialistas y las tareas de la competencia de los partidos de clase y las organizaciones sindicales, pondrá término absolutamente a la cuestión.

4- ¿Los intereses del capitalismo imperialista coinciden necesaria y fatalmente en nuestros países con los intereses feudales y semifeudales de la clase terrateniente? ¿La lucha contra la feudalidad se identifica forzosa y completamente con la lucha anti-imperialista? Ciertamente, el capitalismo imperialista utiliza el poder de la clase feudal, en tanto que la considera la clase políticamente dominante. Pero, sus intereses eco-nómicos no son los mismos. La pequeña burguesía, sin exceptuar a la más demagógica, si atenúa en la práctica sus impulsos más marcadamente nacionalistas, puede llegar a la misma estrecha alianza con el capitalismo imperialista. El capital financiero se sentirá más seguro, si el poder está en manos de una clase social más numerosa, que, satisfaciendo ciertas reivindicaciones apremiosas y estorbando la orientación clasista de las masas, está en mejores condiciones que la vieja y odiada clase feudal de defender los intereses del capitalismo, de ser su custodio y su ujier. La creación de la pequeña propiedad, la expropiación de los latifundios, la liquidación de los privilegios feudales, no son contrarios a los intereses del imperialismo, de un modo inmediato. Por el contrario, en la medida en que los rezagos de feudalidad entraban el desenvolvimiento de una economía capitalista, ese movimiento de liquidación de la feudalidad, coincide con las exigencias del crecimiento capitalista, promovido por las inversiones y los técnicos del imperialismo; que desaparezcan los grandes latifundios, que en su lugar se constituya una economía agraria basada en lo que la demagogia burguesa llama la "democratización” de la propiedad del suelo, que las viejas aristocracias se vean desplazadas por una burguesía y una pequeña burguesía más poderosa e influyente —y por lo mismo más apta para garantizar la paz social—; nada de esto es contrario a los intereses del imperialismo. En el Perú, el régimen leguiísta, aunque tímido en la práctica ante los intereses de los latifundistas y gamonales, que en gran parte le prestan su apoyo, no tiene ningún inconveniente en recurrir a la demagogia, en reclamar contra la feudalidad y sus privilegios, en tronar contra las antiguas oligarquías, en pro-mover una distribución del suelo que hará de cada peón agrícola un pequeño propietario. De esta demagogia saca el leguiísmo, precisamente, sus mayores fuerzas. El leguiísmo no se atreve a tocar la gran propiedad. Pero el movimiento natural del desarrollo capitalista —obras de irrigación, explotación de nuevas minas, etc— va contra los intereses y privilegios de la feudalidad. Los latifundistas, a medida que crecen las áreas cultivables, que surgen nuevos focos de trabajo, pierden su principal fuerza: la disposición absoluta e incondicional de la mano de obra. En Lambayeque, donde se efectúan actualmente obras de regadío, la actividad capitalista de la comisión técnica que las dirige, y que preside un experto norteamericano, el ingeniero Sutton, ha entrado prontamente en conflicto con las conveniencias de los grandes terratenientes feudales. Estos grandes terratenientes son, principalmente, azucareros. La amenaza de que se les arrebate el monopolio de la tierra y el agua y con él el medio de disponer a su antojo de la población de trabajadores saca de quicio a esta gente y la empuja a una actitud que el gobierno, aunque muy vinculado a muchos de sus elementos, califica de subversiva o anti-gobiernista. Sutton tiene las características del hombre de empresa capitalista norteamericano. Su mentalidad, su trabajo, chocan al espíritu feudal de les latifundistas. Sutton ha establecido, por ejemplo, un sistema de distribución de las aguas, que reposa en el principio de que el dominio de ellas pertenece al Estado; los latifundistas consideraban el derecho sobre las aguas anexo a su derecho sobre la tierra. Según su tesis, las aguas eran suyas; eran y son propiedad absoluta de sus fundos.

5.- ¿Y la pequeña burguesía, cuyo roí en la lucha contra el imperialismo se superestima tanto, es como se dice, por razones de explotación económica, necesariamente opuesta a la penetración imperialista? La pequeña burguesía es, sin duda, la clase social más sensible al prestigio de los mitos nacionalistas. Pero el hecho económico que domina la cuestión, es el siguiente: en países de pauperismo español, donde la pequeña burguesía, por sus arraigados prejuicios de decencia, se resiste a la proletarización; donde ésta misma, por la miseria de los salarios no tiene fuerza económica para transformarla en parte en clase obrera; donde imperan la empleomanía, el recurso al pequeño puesto del Estado, la caza del sueldo y del puesto "decente"; el establecimiento de grandes empresas que, aunque explotan enormemente a sus empleados nacionales, representan siempre para esta ciase un trabajo mejor remunerado, es recibido y considerado favorablemente por la gente de clase media. La empresa yanqui representa mejor sueldo, posibilidad de ascensión, emancipación de la empleomanía del Estado, donde no hay porvenir sino para los especuladores. Este hecho actúa, con una fuerza decisiva, sobre la conciencia del pequeño burgués, en busca o en goce de un puesto. En estos países, de pauperismo español, repetimos, la situación de las clases medias no es la constatada en los países donde estas clases han pasado un período de libre concurrencia, de crecimiento capitalista propicio a la iniciativa y al éxito individuales, a la opresión de los grandes monopolios.

En conclusión, somos anti-imperialistas porque somos marxistas, porque somos revolucionarios, porque oponemos al capitalismo el socialismo como sistema antagónico, llamado a sucederlo, porque en la lucha contra los imperialismos extranjeros cumplimos nuestros deberes de solidaridad con Jas masas revolucionarias de Europa.

*Esta tesis fue escrita el 21 de mayo de 1929 y presentada a la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana (Buenos Aires, junio de 1929). En esta tesis, entre otras cosas Mariátegui sienta la idea fundamental de que “El asalto del poder por el anti-imperialismo, como movimiento demagógico populista, si fuese posible, no representaría nunca la conquista del poder, por las masas proletarias, por el socialismo. La revolución socialista encontraría su más encarnizado y peligroso enemigo, -peligroso por su confusionismo, por la demagogia–, en la pequeña burguesía afirmada en el poder, ganado mediante sus voces de orden”. Recientes y actuales experiencias gubernamentales populistas, nacionalistas, antiimperialistas y hasta socialistas,  pueden explicarse en sus limitaciones de clase y su orientación histórica por la tesis mariateguiana. Hablando en general, esta tesis es un brillante ejemplo de análisis concreto de la realidad concreta de América Latina y particularmente del Perú. (El Comité de Redacción).


Historia

Marx y la Historia

Eric Hobsbawm


ESTAMOS AQUÍ PARA HABLAR DE TEMAS Y PROBLEMAS relativos a la concepción marxista de la historia cien años después de la muerte de Marx. Esto no es un ritual de celebración del centenario, pero es importante que empecemos recordando el papel singular que Marx desempeñó en la historiografía. Para ello emplearé sencillamente tres ejemplos. El primero es autobiográfico. Cuando era estudiante en Cambridge, en el decenio de 1930, muchos de los hombres y mujeres jóvenes más capacitados se afiliaron al Partido Comunista. Pero como estábamos en una época muy brillante de la historia de una universidad muy distinguida, en muchos de ellos influyeron profundamente los .grandes nombres a cuyos pies nos sentábamos. Entre los jóvenes comunistas solíamos bromear diciendo: los filósofos comunistas eran wittgensteinianos, los economistas comunistas eran keynesianos, los estudiantes de literatura comunistas eran discípulos de F. R. Leavis. ¿Y los historiadores? Eran marxistas porque no sabíamos de ningún historiador en Cambridge o en otra parte —y conocíamos a algunos grandes historiadores como, por ejemplo, Marc Bloch— que pudiera competir con Marx, como maestro e inspiración. Mi segundo ejemplo es parecido. Treinta años después, en 1969, sir John Hicks, premio Nobel, publicó Una teoría de la historia económica. Escribió: «La mayoría [de los que desean situar la marcha general de la historia en el lugar que le corresponde] utilizarían las categorías marxistas, o alguna versión modificada de las mismas, dado que hay tan poco que escoger entre otras opciones. Sin embargo, sigue siendo extraordinario que cien años después de El capital ... hayan aparecido otras cosas en número tan escaso» (1). Mi tercer ejemplo procede de la espléndida obra de Fernand Braudel Civilización material, economía y capitalismo, cuyo título ya proporciona un vínculo con Marx. En esa noble obra se hace referencia a Marx más a menudo que a cualquier otro autor, incluso cualquier autor francés. Semejante tributo por parte de un país poco dado a subestimar a sus pensadores nacionales es convincente en sí mismo.

Esta influencia de Marx al escribir historia no es un fenómeno evidente. Porque, si bien la concepción materialista de la historia es el núcleo del marxismo, y si bien todo lo que escribió Marx está impregnado de historia, el propio Marx no escribió mucha historia tal como la entienden los historiadores. En este sentido Engels tenía más de historiador y escribió más obras a las que se podría clasificar razonablemente entre las de historia en las bibliotecas. Por supuesto, Marx estudió historia y era extremadamente erudito. Pero no escribió ninguna obra en cuyo título apareciese la palabra «Historia» excepto una serie de polémicos artículos antizaristas que más adelante se publicaron con el título de The Secret Diplomatic History of the Eighteenth Century, que es una de sus obras menos valiosas. Lo que llamamos «escritos históricos de Marx» consisten casi exclusivamente en análisis políticos de actualidad y comentarios periodísticos, combinados con cierto grado de antecedentes históricos. Sus análisis políticos de actualidad como, por ejemplo, Las luchas de clases en Francia y El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, son verdaderamente notables. Sus voluminosos escritos periodísticos, aun siendo de interés desigual, contienen análisis muy interesantes —pienso en sus artículos sobre la India— y, en todo caso, son ejemplos de cómo Marx aplicaba su método a problemas concretos tanto de la historia como de un período que desde entonces ha pasado a ser historia. Pero no fueron escritos como historia, tal como la entienden las personas que se dedican a estudiar el pasado. Finalmente, el estudio del capitalismo que escribió Marx contiene una cantidad enorme de material histórico, de ejemplos históricos y otras materias propias del historiador.

Así pues, el grueso de la obra histórica de Marx está integrado en sus escritos teóricos y políticos. En todos ellos los fenómenos históricos se consideran dentro de un marco más o menos a largo plazo que comprende la totalidad de la evolución humana. Deben leerse junto con los escritos donde Marx se centra en períodos breves o en asuntos y problemas determinados, o en la historia detallada de acontecimientos. Sin embargo, en Marx no se encuentra ninguna síntesis completa del proceso de la evolución histórica propiamente dicho; ni siquiera El capital puede tratarse como «una historia del capitalismo hasta 1867».
Hay tres razones —dos secundarias y una principal— por las cuales esto es así, y por las cuales los marxistas, por consiguiente, no sólo comentan la obra de Marx, sino que también hacen lo que él no hizo. En primer lugar, como sabemos, a Marx le costaba mucho llevar a término sus proyectos literarios. En segundo lugar, sus puntos de vista continuaron evolucionando hasta su muerte, aunque dentro de un marco instaurado a mediados del decenio de 1840. En tercer lugar, la razón más importante es que en sus obras de madurez Marx estudió deliberadamente la historia en orden inverso, tomando el capitalismo desarrollado como punto de partida. El «hombre» era la clave de la anatomía del «mono». Desde luego, esto no es un procedimiento antihistórico. Significa que el pasado no puede entenderse exclusiva o principal-mente en sus propios términos: no sólo porque forma parte de un proceso histórico, sino también porque ese proceso histórico solo nos ha permitido analizar y comprender cosas relativas a ese proceso y al pasado.

Tomemos el concepto «trabajo», que es fundamental para la concepción materialista de la historia. Antes del capitalismo —o antes de Adam Smith, como dice Marx de modo más concreto— no existía el concepto «trabajo en general», a diferencia de tipos determinados de trabajo que son cualitativa-mente distintos e incomparables. Sin embargo, si hemos de interpretar la historia de la humanidad, en sentido global, a largo plazo, como la utilización y la transformación cada vez más eficaces de la naturaleza por parte del género humano, el concepto «trabajo social» en general es esencial. El planteamiento de Marx sigue siendo discutible, por cuanto no puede decirnos si el análisis futuro, basado en la futura evolución histórica, no hará descubrimientos analíticos comparables que permitan a los pensadores reinterpretar la historia de la humanidad en términos de algún otro concepto analítico fundamental. Esto es en potencia una laguna en el análisis, aun cuando no nos parezca probable que esta hipotética evolución futura abandone el carácter fundamental del análisis del trabajo de Marx, al menos en lo que se refiere a ciertos aspectos obviamente cruciales de la historia humana. Lo que hago no es poner en duda a Marx, sino sencillamente indicar que su planteamiento tuvo que omitir, por no estar relacionado directamente con su propósito, gran parte de lo que a los historiadores les interesa conocer: por ejemplo, muchos aspectos de la transición del feudalismo al capitalismo. Estos aspectos quedaron para marxistas posteriores, aunque es verdad que Friedrich Engels, que siempre se interesaba más por «lo que sucedió realmente», se ocupó en mayor medida de estas cuestiones.

No obstante, la influencia de Marx en los historiadores, y no sólo en los historiadores marxistas, se basa tanto en su teoría general (la concepción materialista de la historia), con sus esbozos e insinuaciones relacionados con la forma general de la evolución histórica de la humanidad del comunalismo primitivo al capitalismo, como en sus observaciones concretas sobre determinados aspectos, períodos y problemas del pasado. No quiero decir mucho sobre estos últimos, aunque han influido muchísimo y todavía pueden ser enormemente estimulantes y esclarecedores. El primer volumen de El capital contiene tres o cuatro alusiones bastante marginales al protestantismo y, sin embargo, de ellas se deriva todo el debate en torno a la relación entre la religión en general, y el protestantismo en particular, y el modo capitalista de producción. De modo parecido, El capital tiene una nota a pie de página sobre Descartes que relaciona sus opiniones (los animales como máquinas, lo real en contraposición a lo especulativo, la filosofía como medio de dominar la naturaleza y perfeccionar la vida humana) con el «período de las manufacturas» y plantea el interrogante de por qué Hobbes y Bacon eran los filósofos favoritos de los primeros economistas mientras que los economistas posteriores preferían a Locke. (Por su parte, Dudley North creía que el método de Descartes había «empezado a liberar la economía política de sus viejas supersticiones») (2). En el decenio de 1890 los no marxistas ya usaban esto como ejemplo de la notable originalidad de Marx, e incluso hoy proporcionaría material para un seminario de por lo menos un semestre. Con todo, ninguno de los aquí presentes necesitará que le convenzan de la genialidad de Marx o de la amplitud de sus conocimientos e inquietudes; y debería comprenderse que es inevitable que gran parte de lo que escribió sobre determinados aspectos del pasado refleje el conocimiento histórico que existía en su tiempo.

La concepción materialista de la historia merece analizarse de modo más extenso porque hoy día la discuten y critican no sólo los no marxistas y los antimarxistas, sino también los marxistas. Durante generaciones fue la parte menos discutida del marxismo, a la vez que se la consideraba —acertadamente, a mi modo de ver— su núcleo. Marx y Engels la elaboraron al hacer la crítica de la filosofía y la ideología alemanas y va dirigida esencialmente contra la creencia de que «las ideas, los pensamientos, los conceptos producen, determinan y dominan a los hombres, sus condiciones materiales y la vida real» (3). A partir de 1846 esta concepción siguió siendo esencialmente la misma. Puede resumirse en una sola frase, que se repite con variaciones: «No es la conciencia lo que determina la vida, sino la vida lo que determina la conciencia» (4). Ya aparece ampliada en La ideología alemana:

Esta concepción de la historia, pues, se basa en exponer el proceso real de producción —a partir de la producción material de la vida misma— y comprender la forma de relación conectada con este modo de producción y creada por él, a saber: la sociedad civil en sus diversas etapas, como base de toda la historia; describirla en su actuación como el estado y también explicar cómo todos los diferentes productos teóricos y formas de conciencia, religión, filosofía, moral, etc., etc., surgen de ella, y seguir el proceso de su formación desde esa base; así pues, es posible, por supuesto, presentar todo el asunto en su totalidad (y por consiguiente, también, la acción recíproca de estos diversos aspectos unos en otros) (5).

Deberíamos señalar de paso que para Marx y Engels el «proceso real de producción» no es sencillamente la «producción material de la vida misma», sino algo más amplio. Empleando la justa formulación de Eric Wolf, es «la compleja serie de relaciones mutuamente dependientes entre la naturaleza, el trabajo, el trabajo social y la organización social» (6). También deberíamos señalar que los seres humanos producen tanto con las manos como con la cabeza (7).

Esta concepción no es historia, sino una guía de la historia, un programa de investigación. Citando de nuevo La ideología alemana:

Donde la especulación termina, donde la vida real empieza, allí, en consecuencia, empieza la ciencia real, positiva, la exposición de la actividad práctica, del proceso práctico de la evolución humana ... Cuando se describe la realidad, la filosofía autosuficiente [die selbstandige Philosophie] pierde su medio de existencia. En el mejor de los casos su lugar sólo puede ocuparlo un resumen de los resultados más generales, abstracciones que se derivan de la observación de la evolución histórica de los hombres. Estas abstracciones en sí mismas, divorciadas de la historia real, no tienen absolutamente ningún valor. Sólo pueden servir para facilitar la ordenación del material histórico, para indicar la secuencia de sus estratos separados. Pero en modo alguno proporcionan una receta o esquema, como sí la proporciona la filosofía, para recortar pulcramente las épocas de la historia (8).

La formulación más completa se encuentra en el prefacio de 1859 a Contribución a la crítica de la economía política. Hay que preguntar, por su-puesto, si uno puede rechazarla y seguir siendo marxista. Sin embargo, está clarísimo que esta formulación ultraconcisa requiere que se la amplíe: la ambigüedad de sus términos ha dado pie a un debate en torno a exactamente qué son las «fuerzas» y «relaciones sociales» de producción, qué constituye la «base económica», la «superestructura», etcétera. También está clarísimo desde el principio que, dado que los seres humanos tienen conciencia, la concepción materialista de la historia es la base de la explicación histórica, pero no la explicación histórica misma. La historia no es como la ecología: los seres humanos deciden y piensan en lo que sucede. No está tan claro si es determinista en el sentido de permitirnos descubrir lo que inevitablemente sucederá, a diferencia de los procedimientos generales de la transformación histórica. Porque es sólo de modo retrospectivo que puede resolverse firme-mente la cuestión de la inevitabilidad histórica, e incluso entonces sólo como tautología: lo que sucedió era inevitable, porque no sucedió nada más; por tanto, las otras cosas que podrían haber sucedido tienen una importancia puramente teórica.

Marx quería demostrar a priori que cierto resultado histórico, el comunismo, era el fruto inevitable de la evolución de la historia. Pero en modo alguno está claro que esto pueda probarse por medio del análisis histórico científico. Lo que resultaba evidente, desde el principio mismo, era que el materialismo histórico no era determinismo económico: no todos los fenómenos no económicos de la historia pueden derivarse de fenómenos económicos específicos, y acontecimientos y fechas en particular no son determinados en este sentido. Incluso los defensores más rígidos del materialismo histórico dedicaron extensos análisis al papel de la casualidad y del individuo en la historia (Plejánov); y, sean cuales sean las críticas filosóficas que puedan hacerse a sus formulaciones, Engels no fue en absoluto ambiguo sobre esto en sus últimas cartas a Bloch, Schmidt, Starkenburg y otros. El propio Marx, en textos tan específicos como El dieciocho brumario y sus artículos periodísticos del decenio de 1850, no nos deja ninguna duda de que su punto de vista era básicamente el mismo.

En realidad, el argumento crucial sobre la concepción materialista de la historia se ha referido a la relación fundamental entre ser social y conciencia. Este se ha centrado no tanto en consideraciones filosóficas («idealismo» frente a «materialismo», por ejemplo) o incluso en cuestiones político-morales («¿cuál es el papel del "libre albedrío" y de la acción humana consciente?», «si la situación no está madura, ¿cómo podemos actuar?»), como en problemas empíricos de historia comparada y antropología social. Un argumento típico sería que es imposible distinguir las relaciones sociales de producción de las ideas y los conceptos (esto es, la base de la superestructura), en parte porque esto mismo es una distinción histórica retrospectiva, y en parte porque las relaciones sociales de producción las estructuran la cultura y unos conceptos que no pueden reducirse a ellas. Otra objeción sería que, como un modo de producción dado es compatible con tipos n de conceptos, éstos no pueden explicarse mediante reducción a la «base». Así, sabemos de sociedades que tienen la misma base material pero formas muy variadas de estructurar sus relaciones sociales, su ideología y otros rasgos superestructurales. Hasta este punto, las visiones del universo que tienen los hombres determinan las formas de su existencia social, al menos tanto como éstas determinan aquéllas. Por consiguiente, lo que determina estas opiniones debe analizarse de modo muy diferente: por ejemplo, siguiendo a Lévi-Strauss, como serie de variaciones sobre un número limitado de conceptos intelectuales.

Dejemos de lado la cuestión de si Marx hace abstracción de la cultura. (Mi opinión personal es que en sus escritos históricos propiamente dichos es exactamente lo contrario de un reduccionista económico). La verdad básica sigue siendo que el análisis de cualquier sociedad, en cualquier momento de la evolución histórica, debe empezar con el análisis de su modo de producción: es decir, de: a) la forma técnico-económica del «metabolismo entre el hombre y la naturaleza» (Marx), la manera en que el hombre se adapta a la naturaleza y la transforma por medio del trabajo; y b) las medidas sociales por medio de las cuales se moviliza, despliega y asigna el trabajo.

Esto es así hoy. Si deseamos comprender algo de la Gran Bretaña o la Italia de finales del siglo xx, es obvio que debemos empezar por las transformaciones masivas del modo de producción que tuvieron lugar en los decenios de 1950 y 1960. En el caso de las sociedades más primitivas, la organización del parentesco y el sistema de ideas (del cual la organización del parentesco es, entre otras cosas, un aspecto) dependerán de si se trata de una economía recolectora o de una economía productora de alimentos. Por ejemplo, como ha señalado Wolf (9), en una economía recolectora de alimentos abundan los recursos para quien posea la capacidad de obtenerlos, y en una economía productora de alimentos (agrícolas o pastoriles) el acceso a estos recursos es restringido. Es necesario definirla, no sólo aquí y ahora, sino también a través de las generaciones.

Ahora bien, aunque el concepto de base y superestructura es esencial cuando se define una serie de prioridades analíticas, la concepción materialista de la historia es objeto de una crítica más seria. Porque Marx sostiene no sólo que el modo de producción es primario y que la superestructura debe en algún sentido ajustarse a «las distinciones esenciales entre seres humanos» que dicho modo entraña (esto es, las relaciones sociales de producción), sino también que hay una inevitable tendencia evolutiva a que las fuerzas productivas materiales de la sociedad se desarrollen y de esta forma entren en contradicción con las relaciones de producción y sus expresiones superestructurales relativamente inflexibles, que entonces tienen que ceder. Como ha argüido G. A. Cohén, en tal caso esta tendencia evolutiva es tecnológica, en el sentido más amplio de la palabra.

El problema no es tanto por qué tiene que existir tal tendencia, ya que es indiscutible que, a lo largo de la historia del mundo en conjunto, ha existido hasta el momento presente. El verdadero problema es que esta tendencia es patentemente no universal. Podemos encontrar una explicación convincente para muchos casos de sociedades que no muestran la citada tendencia, o en las cuales ésta parece detenerse en cierto punto, pero no es suficiente. Podemos afirmar que existe una tendencia general a progresar de la recolección a la producción de alimentos (donde ésta no sea imposible o innecesaria por razones ecológicas), pero no podemos afirmar que exista en el caso de los modernos avances de la tecnología y la industrialización, que han conquistado el mundo desde una y sólo una base regional.

Esto parece crear una situación sin salida. O bien no existe una tendencia general a que las fuerzas materiales de producción de la sociedad se desarrollen, o sólo lo hagan hasta cierto punto; y entonces la evolución del capitalismo occidental debe explicarse sin referencia primaria a tal tendencia general, y la concepción materialista de la historia puede usarse, cuanto más, para explicar un caso especial. (Señalo de paso que rechazar la opinión de que los hombres actúan constantemente de un modo que tiende a incrementar su control de la naturaleza es a la vez poco realista y genera grandes complicaciones históricas y de otra clase.) O, en caso contrario, existe dicha tendencia histórica general, y entonces tenemos que explicar por qué no ha funcionado en todas partes, o incluso por qué en muchos casos (China, por ejemplo) es evidente que se ha contrarrestado de manera eficaz. Al parecer, sólo la fuerza, la inercia o alguna otra fuerza de la estructura y la superestructura sociales por encima de la base material podrían haber detenido el movimiento de dicha base.

A mi modo de ver, esto no crea un problema insuperable para la concepción materialista de la historia como modo de interpretar el mundo. El propio Marx, que distaba mucho de ser unilineal, ofreció una explicación de por qué algunas sociedades evolucionaron de la Antigüedad clásica al capitalismo pasando por el feudalismo, y también de por qué otras sociedades (un conjunto inmenso que Marx agrupó de forma general bajo el modo asiático de producción) no siguieron el mismo proceso. Sin embargo, sí crea un problema muy difícil para la concepción materialista de la historia como manera de cambiar el mundo. El núcleo del argumento de Marx al respecto es que la revolución tiene que venir porque las fuerzas de producción han alcanzado, o deben alcanzar, un punto en el cual son incompatibles con el «tegumento capitalista» de las relaciones de producción. Pero si se puede demostrar que en otras sociedades no ha habido ninguna tendencia a que las fuerzas materiales crezcan, o que su crecimiento ha sido controlado, desviado o la fuerza de la organización y la superestructura sociales le ha impedido que causara una revolución en el sentido del Prefacio de 1859, entonces, ¿por qué no iba a suceder lo mismo en la sociedad burguesa? Por supuesto, es posible e incluso relativamente fácil formular una defensa histórica más modesta de la necesidad o tal vez la inevitabilidad del paso del capitalismo al socialismo. Pero entonces perderíamos dos cosas que eran importantes para Karl Marx y, desde luego, para sus seguidores (incluido yo): a) la sensación de que el triunfo del socialismo es el final lógico de toda la evolución histórica hasta la fecha; y b) la sensación de que señala el final de la «prehistoria» por cuanto no puede y no quiere ser una sociedad «antagónica».

Esto no afecta al valor del concepto de «modo de producción», que el Prefacio de 1859 define como «el conjunto de las relaciones productivas que constituyen la estructura económica de una sociedad y forman el modo de producción de los medios materiales de existencia». Sean cuales sean las relaciones sociales de producción, y sean cuales sean las otras funciones que puedan tener en la sociedad, el modo de producción constituye la estructura que determina qué forma tomarán el crecimiento de las fuerzas productivas y la distribución del excedente, cómo la sociedad puede o no puede cambiar sus estructuras y cómo, en momentos apropiados, puede ocurrir u ocurrirá la transición a otro modo de producción. También determina la serie de posibilidades superestructurales. En resumen, el modo de producción es la base de nuestra comprensión de la variedad de sociedades humanas y sus interacciones, así como de su dinámica histórica.

El modo de producción no es idéntico a la sociedad: la «sociedad» es un sistema de relaciones humanas, o, para ser más exactos, de relaciones entre grupos humanos. El concepto «modo de producción» sirve para identificar las fuerzas que guían la alineación de estos grupos; lo cual puede hacerse de diferentes maneras en distintas sociedades, dentro de ciertos límites. ¿Forman los modos de producción una serie de etapas evolutivas, ordenadas crono-lógicamente o de otra manera? Parece que poca duda cabe de que el propio Marx consideraba que formaban una serie en la cual la creciente emancipación del hombre respecto de la naturaleza y el creciente control que ejercía sobre ella afectaban tanto a las fuerzas como a las relaciones de producción. Según esta serie de criterios, podría pensarse que los diversos modos de producción se encuentran dispuestos en orden ascendente. Pero si bien está claro que no puede considerarse que algunos de estos modos sean anteriores a otros (por ejemplo, considerar que los que requieren la producción de artículos básicos o máquinas de vapor son anteriores a los que no la requieren), la lista de modos de producción de Marx no tiene por objeto formar una sucesión cronológica unilineal. De hecho, se observa que en todas las etapas de la evolución humana menos las primeras diversos modos de producción han coexistido e interactuado.

Un modo de producción encarna tanto un programa determinado de producción (una manera de producir basándose en determinada tecnología y determinada división productiva del trabajo) como «una serie específica, histórica, de relaciones sociales a través de las cuales se emplea el trabajo para arrancar energía de la naturaleza por medio de herramientas, habilidades, organización y conocimiento» en una fase dada de su evolución, y a través de las cuales el excedente producido socialmente se hace circular, se distribuye y se usa para la acumulación o algún otro propósito. Una historia marxista debe considerar ambas funciones.

En esto radica la deficiencia de un libro muy original e importante del antropólogo Eric Wolf: Europe and the Peoples without History. El libro trata de demostrar cómo la expansión mundial y el triunfo del capitalismo han afectado a las sociedades precapitalistas que ha integrado en su sistema mundial; y cómo el capitalismo se ha visto, a su vez, modificado y moldeado por el hecho de encontrarse incrustado, en cierto sentido, dentro de una pluralidad de modos de producción. Es un libro sobre conexiones más que causas, aunque las conexiones pueden resultar esenciales para el análisis de las causas. Expone de modo brillante una manera de captar «los rasgos estratégicos de... [la] variabilidad» de diferentes sociedades; esto es, cómo podrían o no podrían modificarse a causa del contacto con el capitalismo. Por cierto, que también proporciona una guía iluminadora de las relaciones entre los modos de producción y las sociedades dentro de ellos y sus ideologías o «culturas» (10). Lo que no hace —ni, de hecho, se propone hacer— es explicar los movimientos de la base material y la división del trabajo y, por ende, las transformaciones de los modos de producción.

Wolf trabaja con tres modos de producción amplios o «familias» de ellos: el «modo ordenado por el parentesco», el modo «tributario» y el «modo capitalista». Pero si bien tiene en cuenta la conversión de las sociedades cazadoras y recolectoras de alimentos en sociedades productoras dentro del modo ordenado por el parentesco, su modo «tributario» es un vasto continuo de sistemas que incluye tanto lo que Marx llamó «feudal» como lo que llamó «asiático». En todos ellos, los que se apropian del excedente son en esencia grupos gobernantes que ejercen la fuerza política y militar. Hay mucho que decir a favor de esta clasificación amplia, sacada de Samir Amin, pero su inconveniente radica en que está claro que el modo «tributario» incluye sociedades que se encuentran en etapas muy diferentes de la capacidad productiva: de los señores feudales occidentales de la Alta Edad Media al imperio chino; de economías sin ciudades a economías urbanizadas. Sin embargo, sólo toca de manera periférica el análisis del problema esencial de por qué, cómo y cuándo una variante del modo tributario generó el capitalismo desarrollado.

En resumen, el análisis de los modos de producción debe basarse en el estudio de las fuerzas materiales de producción que existan: el estudio, esto es, tanto de la tecnología como de su organización, y del aspecto económico. Porque no olvidemos que en el mismo Prefacio, cuyo pasaje posterior se cita tan a menudo, Marx arguyó que la economía política era la anatomía de la sociedad civil. No obstante, en un sentido el análisis tradicional de los modos de producción y su transformación debe ampliarse, y, en realidad, así lo han hecho obras marxistas recientes. La transformación real de un modo en otro se ha visto con frecuencia en términos causales y unilineales: se arguye que dentro de cada modo hay una «contradicción básica» que genera la dinámica y las fuerzas que llevarán a su transformación. Dista mucho de estar claro que esta opinión sea del propio Marx —excepto para el capitalismo— y, desde luego, ocasiona grandes dificultades e interminables debates, especialmente en relación con el paso del feudalismo al capitalismo en Occidente.

Parece más útil formular los dos supuestos siguientes. En primer lugar, que los elementos básicos dentro de un modo de producción que tienden a desestabilizarlo entrañan la posibilidad, más que la certeza, de la transformación, pero, según la estructura del modo, también fijan ciertos límites para la clase de transformación que es posible. En segundo lugar, que los mecanismos que conducen a la transformación de un modo en otro pueden no ser exclusivamente internos, es decir, estar dentro de dicho modo, sino que tal vez surjan de la conjunción y la interacción de sociedades estructuradas de manera diferente. En este sentido, toda evolución es mixta. En vez de buscar sólo las condiciones regionales específicas que llevan a la formación de, pongamos por caso, el sistema peculiar de la Antigüedad clásica en el Mediterráneo, o a la transformación del feudalismo en capitalismo dentro de los feudos y las ciudades de la Europa occidental, deberíamos examinar los diversos caminos que llevan a las confluencias y encrucijadas en las cuales, en cierta etapa de la evolución, se encontraron estas zonas.

Gracias a este planteamiento —que a mí me parece que se ajusta perfectamente al espíritu de Marx, y para el cual, si hace falta, puede encontrarse alguna autoridad textual— resulta más fácil explicar la coexistencia de sociedades que avanzan más por el camino que lleva al capitalismo y sociedades que no evolucionaron de esta manera hasta que el capitalismo penetró en ellas y las conquistó. Pero también llama la atención sobre el hecho, del cual son cada vez más conscientes los historiadores del capitalismo, de que la evolución misma de este sistema es mixta: que edifica sobre materiales que ya existen, utilizándolos y adaptándolos, pero viéndose a su vez determinada por ellos. El estudio reciente de la formación y la evolución de las clases trabajadoras ha ilustrado este extremo. De hecho, una de las razones por las cuales durante los últimos veinticinco años de la historia del mundo se han producido transformaciones sociales tan hondas es que tales elementos pre-capitalistas, que hasta ahora eran partes esenciales del funcionamiento del capitalismo, finalmente han resultado demasiado erosionados por el desarrollo capitalista para seguir desempeñando su importantísimo papel. Pienso, por supuesto, en la familia.

Permítanme volver ahora a los ejemplos de la importancia singular que Marx tiene para los historiadores que cité al empezar esta charla. Marx sigue siendo la base esencial de todo estudio apropiado de la historia, porque —de momento— sólo él ha tratado de formular un planteamiento metodológico de la historia en conjunto, así como de considerar y explicar todo el proceso de la evolución social de la humanidad. En esto es superior a Max Weber, su único rival verdadero como influencia teórica en los historiadores, y en muchos sentidos un importante complemento y correctivo. Puede concebirse una historia basada en Marx sin aditamentos weberianos, pero la historia weberiana es inconcebible excepto en la medida en que tome a Marx, o al menos a la Fragestellung marxista, como punto de partida. Investigar el proceso de la evolución social de la humanidad significa hacer el tipo de preguntas que formula Marx, aunque no se acepten todas sus respuestas. Pasa lo mismo si deseamos responder a la segunda gran pregunta que se encuentra implícita en la primera: esto es, ¿por qué esta evolución no ha sido uniforme y unilineal, sino extraordinariamente desigual y combinada? Aparte de las de Marx, las únicas respuestas que se han sugerido son en términos de la evolución biológica (por ejemplo, la sociobiología), pero resulta evidente que no son satisfactorias. Marx no dijo la última palabra —lejos de ello—, pero sí dijo la primera, y seguimos obligados a continuar el discurso que él empezó.

El tema de la presente charla es Marx y la historia y no es mi misión prever el debate en torno a cuáles son o deberían ser los principales temas para los historiadores marxistas de hoy. Pero no quisiera concluir sin hablarles de dos temas que me parece que exigen atención urgente. El primero ya lo he mencionado: es la naturaleza mixta y combinada de la evolución de cualquier sociedad o sistema social, su interacción con otros sistemas y con el pasado. Es, si lo desean, la ampliación de la famosa máxima de Marx según la cual los hombres hacen su propia historia, pero no como ellos quieren, «en circunstancias que se encuentran, dan y transmiten directamente desde el pasado». El segundo es la clase y la lucha de clases.

Sabemos que ambos conceptos son esenciales para Marx, al menos en el análisis de la historia del capitalismo, pero también sabemos que los conceptos están mal definidos en sus escritos y han provocado muchos debates. Gran parte de la historiografía marxista tradicional no ha logrado resolver el problema y a causa de ello se ha visto en dificultades. Permítanme que les ponga un solo ejemplo. ¿Qué es una «revolución burguesa»? ¿Podemos pensar que una «revolución burguesa» la «hace» una burguesía, es el objetivo de la lucha de una burguesía por el poder contra un antiguo régimen o clase gobernante que obstaculiza la institución de una sociedad burguesa? ¿O cuándo podemos pensar en ella de esta manera? La crítica actual de las interpretaciones marxistas de las revoluciones inglesas y la francesa ha sido eficaz, en gran parte porque ha demostrado que semejante imagen tradicional de la burguesía y de la revolución burguesa no es apropiada. Deberíamos haberlo sabido. Como marxistas o, de hecho, como observadores realistas de la historia, no seguiremos a los críticos y negaremos la existencia de tales revoluciones, ni vamos a negar que las revoluciones inglesas del siglo xvii y la revolución francesa supusieron cambios fundamentales y reorientacíones «burguesas» de las respectivas sociedades. Pero tendremos que pensar con mayor exactitud sobre lo que significan.

¿Cómo, entonces, podemos resumir el efecto de Marx en la manera de escribir historia cien años después de su muerte? Podemos hacer cuatro observaciones esenciales.

1.     La influencia de Marx en los países no socialistas es sin duda mayor entre los historiadores de hoy que entre los de cualquier otra época de mi propia vida —y mi memoria se remonta a cincuenta años atrás— y, probablemente, mayor que en cualquier otro momento desde su muerte. (Obviamente, la situación en los países comprometidos de forma oficial con sus ideas no es comparable.) Esto es necesario decirlo porque en el momento actual se observa una tendencia bastante generalizada entre los intelectuales especialmente en Francia e Italia, a alejarse de Marx. El hecho es que la influencia de Marx puede verse no sólo en el número de historiadores que afirman ser marxistas, aunque es muy elevado, y en el número de los que reconocen su importancia histórica (como, por ejemplo, Braudel en Francia, la escuela de Bielefeld en Alemania), sino también en el gran número de historiadores ex marxistas, a menudo eminentes, que mantienen el nombre de Marx delante del mundo (como Postan). Además, muchos elementos que, hace cincuenta años, subrayaban principalmente los marxistas y forman ahora parte de la corriente principal de la historia. Es verdad que esto no se ha debido sólo a Karl Marx, pero probablemente el marxismo ha sido la influencia principal en la «modernización» de la forma de escribir historia.

2.     Tal como se escribe y comenta hoy, al menos en la mayoría de los
países, la historia marxista toma a Marx en su punto de partida y no en su punto de llegada. No quiero decir que discrepe necesariamente de los textos de Marx, aunque esté dispuesta a discrepar de ellos cuando contengan errores de hecho o hayan perdido vigencia. Está claro que así ocurre en el caso de sus puntos de vista sobre las sociedades orientales y el «modo de producción asiático», pese a que sus percepciones solían ser brillantes y profundas, y también en el caso de sus puntos de vista sobre las sociedades primitivas y su evolución. Como ha señalado un libro reciente sobre el marxismo y la antropología escrito por un antropólogo marxista: «El conocimiento que Marx y Engels tenían de las sociedades primitivas era del todo insuficiente como base para la antropología moderna» (11). Tampoco quiero decir que la historia desee necesariamente modificar o abandonar las líneas principales de su concepción materialista, aunque esté dispuesta a considerarlas con espíritu crítico donde sea necesario. Personalmente, no quiero abandonar la concepción materialista de la historia. Pero la historia marxista, en sus versiones más fructíferas, más que comentar los textos de Marx lo que hace ahora es utilizar sus métodos, excepto en los casos en que esté claro que tales textos merecen comentarse. Tratamos de hacer lo que el propio Marx todavía no hizo.

3.     La historia marxista es hoy plural. Una única interpretación «correcta» de la historia no es un legado que nos dejó Marx: pasó a formar parte del patrimonio del marxismo, especialmente a partir de alrededor de 1930, pero esto ya no se acepta ni es aceptable, al menos allí donde las personas puedan elegir. Este pluralismo tiene sus desventajas. Son más obvias entre las personas que teorizan sobre la historia que entre las que la escriben, pero son visibles incluso entre estas últimas. No obstante, da lo mismo que pensemos que estas desventajas son mayores o menores que las ventajas, lo cierto es que el pluralismo de la obra marxista de hoy es un hecho ineludible. En realidad, nada malo hay en ello. La ciencia es un diálogo entre puntos de vista diferentes basado en un método común. Sólo deja de ser ciencia cuando no hay ningún método para decidir cuál de las opiniones enfrentadas es errónea o menos fructífera. Por desgracia, esto es frecuente en historia, pero en modo alguno es privativo de la historia marxista.

4. La historia marxista de hoy no está, y no puede estar, aislada del resto del pensamiento y el estudio históricos. Esta afirmación tiene dos vertientes. Por un lado, los marxistas ya no rechazan —excepto como fuente de materia prima para su trabajo— los escritos de los historiadores que no afirman ser marxistas o que, de hecho, son antimarxistas. Si tales escritos son buenos, hay que tenerlos en cuenta. Esto, sin embargo, no nos impide criticar ni librar una batalla ideológica incluso contra los buenos historiadores que actúan como ideólogos. Por otro lado, el marxismo ha transformado hasta tal punto la corriente principal de la historia, que con frecuencia es hoy imposible distinguir si determinada obra la ha escrito un marxista o un no marxista, a menos que el autor o la autora declare su postura ideológica. No es motivo para la-mentarse. Me gustaría que en el futuro nadie preguntase si los autores son marxistas o no, porque entonces los marxistas podrían sentirse satisfechos de la transformación de la historia conseguida por medio de las ideas de Marx. Pero estamos lejos de semejante utopía: las luchas ideológicas y políticas, de clase y de liberación del siglo xx hacen que incluso sea impensable. En el fu-turo inmediato tendremos que defender a Marx y al marxismo dentro y fuera de la historia, contra quienes los atacan por motivos políticos e ideológicos. Al defenderlos, defenderemos también la historia, y la capacidad del hombre para comprender cómo el mundo ha llegado a ser lo que es hoy, y cómo puede el género humano avanzar hacia un futuro mejor.

Notas:
[1]  J.R. Hicks, A. Theory of Economic History, Londres, Oxford y Nueva York, 1969, p.3 (hay trad. Cast.: Una teoría de la historia económica, Orbis, Barcelona, 1988).
[2]  Citado de Karl Marx, Capital, Harmondsworth, 1976, vol.1, p.513 (hay trad. cast.: El capital, Crítica, Barcelona, 1980).
[3]  Karl Marx y Friedrich Engels, The German Ideology, en Collected Works, Londres, 1976, p.24 (traducción modificada) (hay trad. cast.: La ideología alemana, Eina, Barcelona, 1988).
[4]  Ibid., p.37.
[5]  Ibid., p.53
[6]  Eric R. Wolf, Europe and the People without History, Berkeley, 1983, p.74.
[7]  Ibid., p.75.
[8]  Marx y Engels, German Ideology, p.37.
[9]  Wolf, Europe, pp.91-92.
[10] Ibid., p.389.
[11] Maurice Bloch, Marxism and Anthropology, Oxford, 1983, p.1732 (hay trad. cast.: Análisis marxistas y antropología social, Anagrama, Barcelona, 1977).


*Esta conferencia se dio en la Marx Centenary Conference organizada por la República de San Marino en 1983 y se publicó en la New Left Review, 143 (febrero de 1984), pp. 39-50.

Testimonio

Víctor Mazzi y el Grupo Intelectual Primero de Mayo


Artidoro Velapatiño


CONOCÍ A VÍCTOR MAZZI TRUJILLO EN 1966, cuando él vendía libros en un puesto ubicado en las escaleras que conducían al comedor de estudiantes de la Escuela Normal Superior, que después de una ardua lucha con huelgas y marchas, se convirtió en Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle-La Cantuta.

Víctor vendía libros de política y ciencias sociales pero, sobre todo, de literatura. En alguna de nuestras primeras conversaciones, me enteré de que él era un famoso poeta obrero. Yo le mostré algunos de mis primeros poemas y él me animó a seguir escribiendo y me recomendó algunas lecturas. Muy pronto congeniamos, así llegué a saber de la existencia del Grupo Intelectual Primero de Mayo, del cual Víctor había sido fundador junto al poeta obrero Leoncio Bueno, entre otros intelectuales de igual filiación como Elíseo García, José Guerra Peñaloza y Carlos Loayza.

Pronto me convertí en un asiduo visitante de estas reuniones, donde se suscitaban amenas charlas sobre literatura, pintura, arte, política, pedagogía o cualquier otro tema, y a donde concurrían estudiantes y docentes. Se sumaba a la conversación Ricardo Respaldiza (1), quien era de aquellos maestros que prolongan su cátedra más allá de las aulas. También el novelista Oswaldo Reynoso, aunque no tuve la suerte de tenerlo entre mis maestros, porque yo soy de la especialidad de Matemática. Él fue uno de mis primeros lectores críticos y consejeros. A veces pasaban por ahí Juan Gonzalo Rose, Ricardo Dolorier Urbano y el profesor Rojas Penas. Solían también detenerse para charlar un rato Guillermo Daly y Luis Yáñez (2), y —como no—, el Rector Juan José Vega, a quien mis compañeros de promoción de la especialidad de Historia recuerdan con cariño y agradecimiento. En fin, gente de alguna trascendencia, si no caían por ahí, al menos resbalaban.



Cuando tenía algún tiempo en las noches lo iba a visitar a su casa en Chosica (¡hermosa casa!, con sus árboles de palta mexicana, eucaliptos y carrizales) ubicada a orillas del río Rímac. Un largo callejón conducía a la casa del poeta. Allí conocí a doña Justina Huaycuchi, esposa de Víctor, querendona y bondadosa como ninguna, pero trabajadora y firme en sus decisiones, como con sus seis hijos.

Tenía en su sala una pequeña mesa se trabajo, con su máquina de escribir Remington, un viejo sillón y un famoso sofá donde pernocté infinitas veces. Había también un tocadiscos y, cerca de este, algunos libros y una ruma de discos de 45 y 33 r. p. m., y también algunos otros viejos discos de 78 r. p. m., que se ejecutaban en una vieja vitrola.

Víctor escribía sus poemas a mano, con lápiz o con una pluma metálica que mojaba en un tintero. Cuando usaba su vieja máquina de escribir, digitaba con un solo dedo: el índice de la mano derecha. Había adquirido cierta habilidad con esa extraña manera de escribir y lo hacía a una velocidad notable.

Yo a veces le llevaba mis poemas, en espera de recibir su crítica que era severa, aunque sin la rigurosidad de Segundo Cancino, porque a veces era condescendiente conmigo, pues tenía fe en que mejoraría. Con otros jóvenes era implacable.

Nuestras conversaciones eran largas. Él me contaba acerca de su niñez y sus experiencias como obrero, siempre con el fondo musical de jazz, tango, música clásica o folclore. A veces me leía poemas de Hesíodo, Luis Cernuda, Nazim Hikmet, Elvio Romero, Carlos Oquendo de Amat que luego comentábamos. A veces me acompañaba David Valenzuela. Muchas veces teníamos que culminar la conversación, porque tenía que volver a la residencia estudiantil de la Universidad La Cantuta.

Durante esa época, La Cantuta vivía una brillante etapa, con excelentes profesores en todas las especialidades. Al menos en Matemática teníamos a Roberto Velásquez, que no solo era un connotado matemático, sino lector de Ornar Khayyam, Buda, Albert Camus, Marcel Proust y conocedor de las Ciencias Sociales. Nicanor Cáceres Lozano, Alberto Cáceres, Carlos Cabrera Gen, Olinda Zúñiga, Gloria Sánchez, y como profesores visitantes a César Carranza Saravia (reformador de la enseñanza de la matemática), José Tola Pasquel, Francisco Miró Quesada Cantuarias (quien nos dio las bases de la lógica matemática). Y en letras ni qué decir, estaban Oswaldo Reynoso, Washington Delgado, Juan Gonzalo Rose, Ricardo Dolorier, Luis Yáñez, Octavio Rojas y Guillermo Daly. Antes estuvieron: Luis Jaime Cisneros, José María Arguedas, Manuel Moreno Jimeno, Alejandro Romualdo, Francisco Carrillo y Javier Sologuren.

Indefectiblemente había un ciclo de cine club todos los martes; a veces Víctor se quedaba a ver las películas y compartíamos nuestros criterios. Ahí tuvimos ocasión de ver los clásicos rusos: Pasaron las grullas, El sol sale para todos, El tercer tiempo, Hamlet, La balada del soldado, La carta que no se envió. El neorrealismo italiano: Ladrón de bicicletas, Roma ciudad abierta, Rocco y sus hermanos, La dolce vita, Dos mujeres. El free cinema, con películas como: El sirviente, El llanto del ídolo y Eva. La nueva ola francesa: La gran ilusión, Puerto de lilas, Muelle de brumas. El cine clásico norteamericano: Scarface, La diligencia, Un rostro en la muchedumbre, Nido de ratas. El Acorazado Potemkin no se pudo ver, estuvo prohibido por la censura del gobierno de Fernando Belaúnde. Morir en Madrid también estaba prohibido debido a la fuerte influencia de Francisco Franco en Perú (3).

Me hice muy amigo de Egúsquiza, en muchas oportunidades le ayudé a proyectar las películas los días martes. Muchos años después, pude evocar estas escenas con ocasión de ver Cinema Paradiso. Los últimos semestres de mi permanencia en la Universidad La Cantuta llevé como curso de actividad: Apreciación de Cine, teniendo como profesores a ALAT (seudónimo de Alfonso La Torre) y Hugo Bravo.

También habían conferencias de toda índole: allí tuvimos ocasión de escuchar a Víctor Andrés Belaúnde, Mario Villarán, Héctor Cornejo Chávez, José María Arguedas, Luis Guillermo Lumbreras, Luis Millones Santa Gadea y otros importantes intelectuales. Eran célebres las polémicas entre Luis Lumbreras, Luis Millones y Juan José Vega.

Los días jueves eran muy especiales porque se realizaban recitales de poesía donde participaban César Calvo, Alejandro Romualdo, Reynaldo Naranjo, Mario Florián, Gustavo Valcárcel, Javier Sologuren, Arturo Corcuera, Washington Delgado, Francisco Bendezú, Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza, Juan Cristóbal, Marco Martos, Luis Hernández y muchos otros que no recuerdo. También participaban Víctor Mazzi, Leoncio Bueno, José Gutiérrez del Grupo Intelectual Primero de Mayo.

A mediados de 1967, junto a Eduardo Ibarra, Magno Dueñas, Teodoro Stucchi y Oswaldo Pacheco pasamos a engrosar las filas del Grupo Intelectual Primero de Mayo, donde estaban activos aparte de Víctor, Leoncio Bueno, Jesús Ángel García, Víctor Ladera, Carlos Olivera (el «Marqués de Oliveira»), José Gutiérrez (Sergio Tea), Gladys Basagoitia, Miguel Carrillo, Jorge Bacacorzo, entre otros.

Eduardo Ibarra, además de buen poeta (dominaba los poemas breves), estaba muy influenciado por Pablo Neruda en sus inicios, era un gran polemista y uno de los ideólogos del G. I. P. M. y encargado de defender nuestra posición en algunas polémicas con los de Hora Zero y otros grupos que por entonces existían. Teníamos gustos e inquietudes coincidentes y, además, era uno de los pocos a los que le gustaban la ironía y el humor. Al principio no le gustaba mucho el jazz y cada vez que Víctor ponía algo de esta música en su tocadiscos le decía: «Víctor, "jazz" tas jodiendo». Después se convirtió en un fanático coleccionista de este género musical.

Magno Dueñas, aunque escribía versos y llegó a publicar en el G. I. P. M., era sobre todo un buen tenor y siempre le solicitábamos que cante «Granada» o «Torna a Sorrento». Participaba bastante en los recitales. Teodoro Stucchi, entrañable poeta y ensayista, albañil, vivía en una humilde habitación de La Parada junto a sus libros y su máquina de escribir. A él le dediqué el poema «Del albañil y su badilejo que pone albas las paredes». Era callado y reservado. Congeniamos mucho.

Oswaldo Pacheco, muy buen cuentista de ciencia ficción, era un asiduo concurrente a las reuniones del G. I. P. M., y muchas veces nos enfrascábamos en largas discusiones sobre teoría literaria y política. Nunca fue sectario en sus opiniones políticas.

Leoncio Bueno, junto a Víctor, uno de los más destacados poetas obreros fundadores del G. I. P. M., gran conversador y muy noble en su  trato, creo que es una de las grandes voces del G.I.P.M. En su taller de mecánica automotriz El Tungar (recuérdese su poemario Al pie del Tungar), ubicado en Breña, nos reuníamos los sábados a las 4 p.m.; reuniones que se prolongaban hasta muy entrada la noche. Allí, los miembros del G.I.P.M. daban lectura a sus creaciones en poesía, cuento y ensayo, y eran sometidos a una feroz crítica donde Víctor y Leoncio eran los supremos jueces. A veces concurría Spencer O’Connor (intelectual inglés radicado en Chosica), quien era el más despiadado crítico y despotricaba contra la abundancia de poetas jóvenes en el Perú (4). Las reuniones en El Tungar eran acompañadas de enormes tazas de té, con canela y clavo de olor, y panes con poesía (pan francés de doble dimensión cortado en dos pero sin nada adentro).

En estas reuniones Víctor daba rienda suelta a sus amplios conocimientos de literatura proletaria, matizadas por Leoncio, que es otro gran conocedor; muchos de los asistentes aprendieron ahí más de literatura y arte en general que en las aulas universitarias. Leoncio, además, era y es un magnífico cocinero. Muchos años después, aquí en Tacna, en 1980. Me volví a encontrar con Leoncio, nos saludamos efusivamente y conversamos, larga y tendidamente. Lástima que él ya no estaba en el G.I.P.M. (es un decir, porque nunca dejó ni puede dejar de ser un auténtico y gran poeta obrero) por absurdas controversias que no vale la pena recordar.

Jesús Ángel García –poeta que poseía una prodigiosa memoria porque declamaba largos poemas suyos de memoria– decía que no sabía escribir y dictaba sus poemas a sus hijos (aunque, Víctor, en alguna oportunidad, confidencialmente me dijo que eso no era cierto, que sí sabía escribir y leer). Excelente amigo y gran preparador de cócteles y tragos, todos recordábamos uno de sus extensos poemas que empezaba y terminaba con: <<Nadie sabe lo que es ponerse / el cuerpo todos los días>>.

Víctor Ladera –también fundador, poeta y gran viajero– estuvo en Europa y Cuba, siempre laborando como obrero y sin dejar de escribir. Debatía bastante con Víctor sobre cuestiones doctrinales. Tuve ocasión de presentar un poemario suyo al concurso convocado por la ACUNI en 1968, y algunos años después me hizo conocer su casa y a su esposa e hijo en Ñaña (Chaclacayo). Era también un conversador muy ameno.

Carlos Olivera, el Marqués de Oliveira, abogado y excelente cuentista, gran bebedor y célebre por sus aventuras después de memorables trancas. Una vez se puso a andar sobre los techos del barrio El Pedregal (Chosica) y cayó en una casa, encima de una pareja en su tálamo nupcial, armándose un escándalo de la «gran flauta». En otra oportunidad, en la puerta del célebre bar El Palermo, se puso a danzar sobre el techo de los automóviles estacionados frente al bar. Tuvo que intervenir la policía. Una vez se nos escapó en la puerta de El Palermo y, aunque lo buscamos hasta el amanecer, no pudimos encontrarlo. Teodoro Stucchi lo rescató al día siguiente en La Parada sin saco ni zapatos. Era un tipo inteligente, gran fabulador de historias y proyectos muy ingeniosos, que rara vez trasladaba al papel.

Con José Gutiérrez me unía además del G. I. P. M., una gran amistad, coincidíamos en muchos aspectos. Además de las clásicas reuniones en la casa de Víctor y en El Tungar nos reuníamos en Lima, junto al intelectual y pintor Maya, radicado en Argentina, y juntos planificamos una obra teatral donde los personajes de los cómics se escapan y actúan por sí solos. Fue un interesante ensayo, aunque no se llegó a plasmar. Eran más interesantes las discusiones que el mismo proyecto en sí. El firmaba en el G. I. P. M. como «Sergio Tea»; acudía a las reuniones junto a su novia y después esposa Sonia Araujo, notable pintora y escultora.

Gladys Basagoitia, poeta e intelectual radicada en Italia, fue una de las primeras integrantes femeninas del G. I. P. M. Víctor me la presentó por los años setenta y conocía su poesía por las publicaciones del G. I. P. M. Muchos años después, en el 2008, nos volvimos a encontrar aquí, en Tacna; ella, ya anciana, leyó sus poemas en el Zeit. Tuvimos un encuentro muy efusivo recordando al G. I. P. M.

Miguel Carrillo, notable poeta y periodista, gran conversador y animador del G. I. P. M., vivía cerca a El Tungar y, a veces, las reuniones sabatinas eran en su casa, complementadas con chifas y tallarinadas que compensaban el pan con poesía. En todos los recitales que él participaba, el público clamaba: «¡Curriculum! ¡Curriculum!», su más célebre poema (léanlo, está en la Antología de poesía proletaria, prologada y preparada por Víctor Mazzi y presentada por Paco Carrillo).

A Jorge Bacacorzo lo recuerdo poco, porque muy raras veces acudía a las reuniones del G. I. P. M. Alguna vez acompañé a Víctor a visitarlo en su casa. Conozco su notable producción y sé por Víctor de su participación en las heroicas jornadas de Arequipa, testimoniadas en su poemario Las eras de junio.

El año 1967 fue muy trascendente en muchos acontecimientos: la conversión de la Escuela Normal Superior Enrique Guzmán y Valle en Universidad Nacional de Educación, la muerte del Che Guevara el ocho de octubre y el fin de la guerra de Vietnam. Por supuesto, lo más notable fue la heroica desaparición de Ernesto Che Guevara. En La Cantuta se realizaba un congreso estudiantil de la Federación de Estudiantes del Perú. Se hizo un alto para rendirle homenaje. El G. I. P. M. estaba invitado para participar en el recital, como actividad cultural del evento. El pintor huantino Lama, estudiante de La Cantuta en aquel entonces, pintó un gigantesco mural del Che. Ese año participamos en muchos recitales y actividades culturales.

En 1968, ya graduado como profesor de Matemática, empecé a trabajar en el Colegio Nacional Víctor Andrés Belaúnde, ubicado en Santa Catalina, La Victoria. Por supuesto que no dejé de visitar a Víctor casi todos los sábados para pasar el fin de semana en su casa. Ya no tenía las limitaciones de cuando era estudiante de La Cantuta. Ahí conocí más a Víctor, a su familia y a los demás integrantes del G. I. P. M. que lo visitaban los sábados: Eduardo Ibarra, José Gutiérrez, Oswaldo Pacheco, el Marqués de Oliveira, David Valenzuela que caía algunas veces, Víctor Ladera; en algunas oportunidades llegaban Leoncio Bueno, el compositor Manuel Acosta Ojeda y Ana María Bejar.

Es la época en que conocí más a fondo la creación literaria de Víctor y a través de él a Nazim Hikmet, a Federico García Lorca (cuya poesía escuchábamos a través del gran Jorge Mistral, en especial el Romancero Gitano y el célebre Llanto por Ignacio Sánchez Mejía, quizá una de sus inmortales elegías junto a las Coplas de Manrique y la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández) y al entrañable poeta paraguayo, Elvio Romero (amigo personal de Víctor y célebre biógrafo de Miguel Hernández), a Luis Cernuda, a Luis de Góngora, al abuelo instantáneo de los dinamiteros (Vallejo dixit) Francisco de Quevedo, a Sor Inés de la Cruz, a Hesíodo, a Antonio Machado, a Juan Gelman, a Vicente Aleixandre, entre otros muchos. Víctor, además de leer con emoción y énfasis, matizaba las conversaciones con innumerables anécdotas y respondía a nuestras acuciosas preguntas. Tenía una información bárbara, no solo sobre literatura proletaria, sino que nos hablaba con la misma desenvoltura de Walt Withman, T. S. Eliot, Ezra Pound, John Keats, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud y Bertolt Brecht (a quien ya
leía desde la Academia Preuniversitaria de la Federación de Estudiantes de la UNSCH).

Y, por supuesto, cada lectura y conversación escuchando jazz. Ahí estaban: Bix Beiderbecke y su inmortal corneta; Louis Armstrong y su trompeta con voz ronca y rasposa; Billie Holiday con su voz dulce y débil, pero potenciada por la magia del micrófono; Bessie Smith, la más grande cantante de blues; Duke Ellington, genial creador y director de orquesta donde cada integrante es, a su vez, estrella; el inmortal y genial renovador Charlie «Bird» Parker y su saxo alto —para quien el entrañable Julio Cortázar escribió El perseguidor (su biografía); el gran Clint Eastwood lo eternizó con su filme Bird—; las célebres cascadas pianísticas de Erroll Garner; el saxo tenor de Coleman Hawkins, Lester Young, Stan Getz (mi favorito), y un largo etcétera. En guitarra, Charlie Christian, el gitano Django Reinhardt, Wes Montgomery, entre otros. Nat King Colé en su fase jazzística, no cuando se convirtió en comercial y populista. Mención aparte merece el gran trompetista Miles Davis y su canto, silente y de protesta, innovador del jazz y del rock, el primero en fusionar ambas vertientes con talento y creatividad, a quien Víctor le dedicó varios poemas. También traté de homenajearlo en Orfeo, después de los infiernos. Todo lo que sé de jazz lo aprendí de Víctor.

Pero no solo era jazz lo que escuchábamos, también era el tango (5), del cual Víctor tenía una envidiable colección, especialmente de Aníbal Troilo, Carlitos Gardel, Libertad Lamarque, la entrañable Tita Merello y, sobre todo, Julio Sosa. Yo soy hincha del tango desde la primaria, porque en las radiolas serranas nunca faltaban tangos y música mexicana. Y también escuchábamos folclore latinoamericano, especialmente argentino. Sobre esto, mis conocimientos iban casi a la par con los de Víctor, porque también a mí desde estudiante de secundaria me había gustado mucho todo lo referente a este género y había coleccionado folclore peruano, en primer lugar, pero también mexicano y argentino, especialmente Atahualpa Yupanqui y Los Chalchaleros. Pero con Víctor pude conocer también del folclore colombiano, chileno, venezolano y paraguayo. A través de él pude conocer a las nuevas figuras del folclore argentino como Carlos Di Fulvio, Los Cantores de Quilla Huasi, Los Fronterizos, Julia Elena Dávalos, Los Hermanos Dávalos, entre otros.

En abril de ese mismo año   de 1968, recuerdo un importante evento en la casa huerta de Víctor: organizamos un almuerzo con tarjeta de invitación y cuota de solidaridad, al que asistieron Juan José Vega (Rector de La Cantuta), Alvaro Villavicencio (Vicerrector), Oswaldo Reynoso, Francisco «Paco» Carrillo, las secretarias de J. J. Vega, Martín Oré Alcántara (Presidente de la Federación de Estudiantes de La Cantuta) David Valenzuela, y otros más. Entre los miembros del G. I. P. M. participaron: Víctor, como anfitrión junto a su esposa Justina, Leoncio Bueno, Eduardo Ibarra, Jesús Ángel García, Magno Dueñas, José Gutiérrez, Teodoro Stucchi, Oswaldo Pacheco, Víctor Ladera y el Marqués de Oliveira, quien en realidad fue el verdadero organizador del evento, porque el motivo central de aquel almuerzo fue rendir homenaje a César Vallejo a través de un monumento que ese mismo día construimos, colocando una piedra negra de regular tamaño sobre una enorme piedra blanca (fue idea del Marqués) en el centro del huerto de Víctor a orillas del río Rímac. El objetivo era publicar una plaqueta.

Durante el evento, Leoncio Bueno se encargó de cocinar un exquisito espesado de choclo con guitarra frita, un arroz con pato excelente, una frejolada inolvidable y, por supuesto, chicha de jora norteña, previo aperitivo de pisco, naranja y huevos que fue elaborado por el especialista: Jesús Ángel García. Fue una reunión muy amena llena de poesía, música y prolongada conversación.

Fue en este año que la Asociación de Centros Federados de la UNI (ACUNI) organizó un concurso de poesía y ensayo para obreros, donde tres miembros del G. I. P. M. acapararon los premios: en Poesía: 1.° puesto, Víctor Mazzi; 2.° puesto, Eduardo Ibarra. En Ensayo: 1.° puesto, Víctor Mazzi; 2.° puesto, Teodoro Stucchi. Según el jurado, en poesía no hubo discusión: fue por unanimidad; pero en ensayo deliberar fue complicado: era indiscutible que el ensayo de Víctor Mazzi sobre literatura proletaria era una pieza maestra en erudición y manejo del lenguaje (y eso que Víctor solo estudió hasta el tercero de primaria); mientras que el ensayo de Teodoro Stucchi sobre el papel de los intelectuales en las luchas proletarias era, en opinión de Luis Lumbreras (uno de los jurados), una magnífica muestra de intuición literaria y política hecha, como se dice a «puño limpio», sin mucha erudición, pero con mucho sentimiento. Para nosotros, en el G. I. P. M., eso era secundario; lo importante fue el triunfo absoluto del grupo. Como consecuencia de este acontecimiento nos invitaron a muchos recitales: en la misma UNI, en la Universidad de San Marcos, Agraria, La Cantuta y también en Barranco, en el famoso Puente de los Suspiros, invitados por Catalina Recabarren y Melba Luna.

Ese año llegó de visita al Perú Gabriel García Márquez, quien acababa de publicar Cien años de soledad. Por esta memorable ocasión hubo un cóctel de recepción de los escritores peruanos y Víctor fue invitado como representante del G, I. P. M. Entre el Marqués de Oliveira y Leoncio Bueno tramaron y acordaron vestir a Víctor con frac y corbata michi para la cena. Alquilaron el traje adecuado y lo enviaron en taxi. El caso es que todos los asistentes a la cena fueron vestidos de sport — Gabo incluido—, solamente el representante de la literatura proletaria estaba vestido como para recepcionar a quien en 1982 ganaría el premio Nobel.

En octubre se realizó un congreso de todos los miembros del G. I. P. M., para renovar la Junta Directiva, actualizar los estatutos y ratificar el manifiesto de fundación del G. I. P. M. Recuerdo que asistieron Víctor Mazzi, Leoncio Bueno, Jesús Ángel García, Eduardo Ibarra, José Gutiérrez, Carlos Loayza, Luis Cohaila, Gladys Basagoitia, Víctor Ladera, el Marqués de Oliveira, Oswaldo Pacheco, Manuel Acosta Ojeda, entre otros. Se discutió bastante, hubo momentos tensos porque aparecieron las primeras manifestaciones de un cisma que vendría muy poco después. Aunque se terminó el evento superando las discrepancias, se ratificó el acta de fundación y se hicieron algunas modificaciones a los estatutos. Al final, se eligió la Junta Directiva presidida por Víctor Mazzi e integrada por Leoncio Bueno, Eduardo Ibarra, Carlos Olivera y quien escribe. Lo que recuerdo bien es el juramento que hizo Víctor a la flamante junta directiva: «¿Juráis por los sagrados intereses del proletariado cumplir la misión que este magno congreso os ha encargado?». Respondimos a coro un enérgico: «¡Sí, juro!», y Víctor prosiguió: «Si así lo hicierais, el G. I. P. M. y el proletariado os premiarán; en caso contrario, ¡os ajusticiaremos!». Quedamos pasmados ante tal amenaza. Y Víctor, como lo confesó después, no había reparado en lo que dijo. Pero este evento trajo como consecuencia el alejamiento definitivo de Leoncio Bueno, Jesús Ángel García, Miguel Carrillo y otros.

Las reuniones que antes realizábamos en El Tungar, fueron trasladadas a los días miércoles en la noche, en el mítico bar El Palermo en la avenida La Colmena. A estas reuniones asistían Víctor Mazzi como Secretario General, Eduardo Ibarra, Oswaldo Pacheco, Víctor Ladera, José Gutiérrez, Magno Dueñas, Luis Cohaila y Carlos Oliveira. Eran frecuentes los encuentros con Oswaldo Reynoso, Miguel Gutiérrez, Cesáreo Martínez y algunos integrantes de Hora Zero, como Jorge Pimentel, Manuel Morales y Enrique Verástegui. A veces llegaban Juan Gonzalo Rose y Eleodoro Vargas Vicuña, con su característico «¡Viva la vida, carajo!». Una noche nos preguntó a cada uno de nosotros quién era el mayor literato peruano y cada uno respondió según su parecer; al final nos dijo que el mejor literato peruano y del mundo era ¡Eleodoro Vargas Vicuña!

Durante ese año tratamos de publicar la revista Columna de Luz, que iba a ser un homenaje al Che Guevara en el primer aniversario de su sacrificio, pero una serie de contratiempos no nos permitieron cumplir dicho objetivo. Recién al año siguiente pudimos publicar este cuaderno del G. I. P. M.

Cuando nos invitaban a recitales en San Marcos, la UNI o la Agraria, siempre terminábamos en El Palermo. A veces, del Palermo íbamos a Radio Agricultura, en donde Manuel Acosta Ojeda tenía un programa cultural de 4 a 5 de la mañana –auspiciado por un infame pisco Mash– donde leíamos poemas, previa una corta entrevista de Manuel. Por el crudo invierno limeño teníamos que beber el bendito pisco Mash, que creo costaba cuatro soles la botella, pero por el auspicio nos salía gratis.

A Víctor también le gustaba jugar el popular juego de dados crap, popularmente llamado «cachito». Una de esas tantas noches, en presencia de Ibarra, Pacheco y el Marqués de Oliveira, nos enfrascamos en una partida de cachito, con fondo musical de puro jazz y con un cañazo muy fino (contribución del Marqués). Ahí Víctor nos enseñó sesenta y tres variedades del cachito, que nos mantuvieron ocupados hasta las 6 de la mañana del domingo.







Una noche, creo que era enero o febrero, cuando estábamos en una de las acostumbradas veladas literarias en la salita de la casa de Víctor, sazonadas con un buen pisco, el ambiente en pocos minutos se inundó de agua turbia a gran velocidad y cada vez se tornaba más turbulenta: era una de las crecidas del río Rímac. Todos los presentes, más los hijos de Víctor, empezamos a trasladar los libros y discos de Víctor al cuarto de Gilberto, hermano menor de Víctor, mientras doña Justina con justa razón reclamaba que rescatáramos primero cosas más útiles para la sobrevivencia. Finalmente, al cabo de un par de horas, la inundación amenguó y la velada prosiguió en la habitación de Gilberto.

También ese año ingresó al grupo la poeta chiclayana Beatriz Moreno, que ya tenía publicado su poemario Palabras para hablarles. Nos acompañó en muchos recitales y actividades del G. I. P. M. Estuvo con nosotros hasta inicios del año 1972, después desapareció como vino, silenciosamente.

Paralelamente, en Chosica también desarrollamos una intensa actividad cultural, especialmente los días sábados por la noche. En alguna de estas actividades, Víctor me programó para hablar de la actividad cultural en el Sindicato de Obreros de la fábrica de calzado Bata Rímac. Cuando le pregunté a Víctor qué debía exponer, él me aconsejó que hablara de cuestiones generales y calculó que vendrían de quince a veinte obreros, que a lo más duraría unos veinte minutos y no creía que harían demasiadas preguntas. Pero grande fue nuestra sorpresa, porque vinieron unos ochenta obreros que estaban muy informados sobre cultura sindical, habían leído a José Carlos Mariátegui, Manuel González Prada, Antonio Gramsci, Máximo Gorki, Vasco Pratolini, Fedor Dostoievski, Antón Chéjov, José María Arguedas, Julián Huanay, entre otros. La actividad programada de siete a ocho de la noche, se prolongó hasta casi las once. Víctor tuvo que auxiliarme ante las interminables preguntas e intervenciones. Donde pude defenderme bien fue en lo referente a folclore, música social y de protesta, y en los aspectos de educación. Una vez concluida la actividad, bebimos cocteles y cervezas y conversamos hasta las tres de la mañana. Fue una gran lección para mí y aun Víctor dijo que estaba sorprendido por el grado de conocimientos de los obreros del Sindicato Bata Rímac.

El año 1970 fue importante para el grupo, porque ingresó a su seno gente valiosa, como el poeta piurano Alberto Alarcón, excelente decimista con un estilo muy propio, y Julio Carmona, poeta de gran brío y excelente declamador. Fue un buen refuerzo para el G. I. P. M., después que se habían apartado por voluntad propia gente muy valiosa. Al mismo tiempo, también ingresaron jóvenes estudiantes como Néstor Espinoza, Joaquín de los Santos, Donald Jaimes, Pablo Vega, Hernán Parra y Raúl Soto. Con el aporte de estos nuevos integrantes realizamos muchas actividades en Chosica y en Lima, comandados siempre por Víctor. Las reuniones en El Palermo se hicieron más intensas y discutíamos ampliamente. También los sábados en la casa de Víctor, en Chosica. Estos nuevos integrantes eran sus asiduos visitantes.

Entre los años 1970 y 1972 hubo bastante actividad cultural en La Cantuta, impulsada por el Rector Juan José Vega y una excelente plana de docentes. Yo visitaba con frecuencia mi universidad y me encontraba con los nuevos integrantes del G. I. P. M., con quienes programábamos recitales, foros y conferencias que estaban a cargo de Víctor, Julio Carmona y Eduardo Ibarra. Y se armaban polémicas, pero de ideas, sin las batallas campales que más tarde aparecieron por la nefasta presencia de sectas partidarias que motivaron la debacle de La Cantuta.

El último año que permanecí en Lima fue en 1973, pues en agosto vine a residir a Tacna por razones de trabajo, sin saber que me quedaría a radicar hasta hoy. A insistencia de Víctor y el decidido apoyo de Pablo Vega (quien fue mi editor), Donald Jaimes y Joaquín de los Santos, publiqué mi segundo poemario, cuyo prólogo elaboró con generosidad Marco Martos. La presentación del libro fue en el SAYCOPE, gracias a Manuel Acosta Ojeda, quien era secretario general. En la actividad hablaron Manuel Acosta, a nombre de la institución; Marco Martos, quien presentó oficialmente el libro, y Víctor Mazzi, a nombre del G. I. P. M.

Durante la fase final de encuadernación y colado del libro nos sobraron algunos cartones y papel. Con Donald Jaimes y Joaquín de los Santos preparamos un manuscrito, fraguando un viejo códice del siglo XVI, e improvisamos un cantar de gesta en castellano antiguo, que decía: «Homenaje a las fazañas del Caballero Andante Don Víctor Maese Troxillo, desde su nacimiento en Apata (Junín) hasta el nacimiento de su sexto hijo Federixo, el mochacho de la sonaja roxa sobersiva», y se lo entregamos. Víctor festejó la broma con su risa estereofónica de siempre. Entre estos integrantes y Pablo Vega le propusimos a Víctor publicar una antología de su obra poética, que recogiera lo mejor de su creación. La antología debía llevar el nombre Salvajismo, barbarie y civilización, porque pretendía ser un juicio crítico de su obra con justamente tres secciones. En Salvajismo iban a ir sus primeros poemas de Guirnalda de canciones a Chosica. En Barbarie iban a ir sus poemas casi panfletarios, como aquel que empezaba con: «Rosa camarada mía, / te entrego la luz de mi canción...», y en Civilización irían sus poemas de madurez, donde el lirismo alcanza su más alta impresión, como el poema en homenaje a Jiri Wólker: «Jiri Wolker / las jarcias en altamar / las gaviotas en el muelle / y tu canto / que asiste en el rompeolas / de nuestra clase obrera...», iba a ser prologado por Francisco «Paco» Carrillo. Víctor compartía nuestro divertimento y él mismo sugería el destino de sus poemas para determinada sección.

Como dije, en agosto de 1973 vine a trabajar a Tacna por el INEDE y el PRONAMEC, para capacitar a los profesores de primaria y secundaria en Matemática, dentro del programa de reforma educativa del gobierno de Velasco. Víctor me recomendó buscar a Livio Gómez, quien ya residía en Tacna desde 1967, y traje algunas publicaciones para entregárselas. Livio me recibió muy bien y a los tres o cuatro días hizo un comentario sobre el G. I. P. M. y mi persona, recordando la trascendencia de Víctor Mazzi y Leoncio Bueno a quienes Livio conocía muy bien.

Con Víctor seguí comunicándome mediante cartas y cuando iba a Lima, una de las primeras cosas que hacía era visitarlo y preguntarle por las novedades del G. I. P. M., que ahora tenía nuevos componentes y tenían bastante actividad, como viajes a Huancayo, Jauja, Trujillo, Talara, Chiclayo y Cusco. Recuerdo que entre los años 1974 y 1975 hubo un congreso en Huancayo, donde el G. I. P. M. tuvo descollante actuación a través de Víctor Mazzi, Eduardo Ibarra, Julio Carmona y Alberto Alarcón.

En 1974, Víctor me notició que participaba en un alucinante proyecto como actor de la película Allpa Kallpa (La fuerza de la tierra), que trataba sobre las luchas del campesinado del Cusco por su reivindicación y denunciaba los rezagos del gamonalismo, con el cómico Tulio Loza entre los protagonistas. Las escenas más importantes se filmaron en Huasao. Incluso me dijo que había conseguido un papel para mí: el de opa; y que entre los campesinos si bien un «opa» es un ser disminuido, es un escogido por Dios. El proyecto empezó a concretarse bien, contaban con la participación de destacados actores, entre ellos, si mal no recuerdo, estaban Delfina Paredes, Hudson Valdivia y Zully Azurín. A Víctor le pagaron los pasajes por avión y lo alojaron en un buen hotel. Pero ya desde el principio empezaron los problemas, no se cumplió con las condiciones del contrato, se cambiaron los guiones, entraron como actores gente de la farándula como Cuchita Salazar, Guillermo Campos y Gladys Arista. Víctor se desvinculó del proyecto y junto a otros actores retornó a Lima totalmente disgustado. Finalmente, algo que pudo ser un interesante filme dramático-social se convirtió en un drama-comedia, desdibujando su intención original de denuncia social. Al fin, le adicionaron escenas de marinera y otras por el estilo. Las escenas en donde Víctor participaba por supuesto que quedaron totalmente eliminadas. Así finalizó esta breve incursión de Víctor en el cine nacional.

Por esos tiempos, Víctor seguía con su puesto de venta de libros cerca del Comedor Universitario de La Cantuta. Estuvo allí hasta febrero de 1977, año de la intervención militar y receso de la universidad hasta 1980. Víctor perdió su trabajo y muchos libros. En 1976, Víctor publicó el importante libro Poesía proletaria del Perú (1930-1976), que es una antología con un estudio y notas, comentada por Paco Carrillo.

En abril de 1978, gracias al auspicio y decidido apoyo del poeta Segundo Cancino, publicamos el poemario de Víctor, Memorial de un tiempo a otro, dentro de la colección Mojinete de Poesía. Ese mismo año, Víctor y yo codirigimos el único número de la revista literaria Canto y Seña, siempre con el apoyo de Segundo Cancino.

Ese mismo año, la Universidad Nacional Jorge Basadre trajo a Tacna a Víctor Mazzi y Julio Carmona, para dar charlas y recitales. Fue grato encontrarnos con dos compañeros del G. I. P. M., después de varios años de actividad conjunta en Lima y Chosica. Aquí había mucho interés por conocerlos, tanto por los poetas tacneños como por los estudiantes de Lengua y Literatura de la UNJBG. Después de haber compartido actividades con Víctor y con Julio, en la noche, ya en mi cuarto, les pude hacer escuchar los discos de Jacques Loussier Trio, que es un combo de piano, contrabajo y batería especialista en Johann Sebastian Bach transportado al jazz. A ambos les gustó mucho porque no lo conocían. También tuvieron oportunidad de conocer la campiña tacneña, y en ella el vino tinto y la comida típica tacneña y las célebres cantinas, como el famoso Chancho Azul, El Porvenir, El Criollito, El Balalaika, entre otros.

Entre los años 1979 y 1982 solo pude comunicarme con Víctor a través de la correspondencia. Por él sé que el G. I. P. M., con sus nuevos integrantes, desarrolló intensa labor con amplia participación en recitales, charlas, congresos y diversos eventos en Lima, Huancayo, Trujillo, Cusco y Piura.

Entre los años 1983 y 1985 residí nuevamente en Lima, con ocasión de estudiar una maestría en Matemática en la PUCP. Volví a visitarlo en Chosica los sábados por la noche, tal como en antaño, y nuevamente compartimos poesía y música (sobre todo jazz) en veladas inolvidables. Tuve oportunidad de conocer a los nuevos integrantes y saludar a algunos viejos integrantes del G. I. P. M. que también lo visitaban.

En una de esas visitas, no encontré su casa. ¿Qué había pasado? Su casa había sido totalmente arrasada por una de las temidas crecidas del río Rímac y estaba entre los damnificados que perdieron sus viviendas y, gracias a su prestigio de buen vecino, al menos le dieron una habitación con techo y puertas en el Coliseo de Chosica, que habían habilitado para la emergencia. A otros vecinos les dieron carpas.

Pese a la estrechez de su nueva residencia, Víctor nos recibía con el mismo cariño de siempre. Por esa misma época fue incorporado a tiempo completo en el proyecto de investigación La generación del cincuenta en la Literatura peruana del siglo XX, con Miguel Gutiérrez como gestor y coordinador del mencionado proyecto; lo integraban los poetas Félix Huamán Cabrera, Carmen Ollé, Manuel Velásquez Rojas y otros docentes de la UNE.

Por esos años, junto a Raúl Soto, puso un nuevo puesto de libros en la sexta cuadra de la avenida Camaná en Lima. Fue el nuevo lugar de encuentro para conversar y recordar los viejos tiempos. Lo visitaban poetas, narradores y estudiantes. Allí tuve oportunidad de conocer al gran Víctor Humareda, a quien Víctor me presentó. En esa primera ocasión que lo vi, Humareda, al curiosear los libros que Víctor vendía, encontró un viejo ejemplar de Poemas Humanos y dijo: «¡Vallejo no me gusta, porque es muy llorón!». Al preguntarle qué poetas le gustaban, manifestó que Baudelaire, Rimbaud y Whitman, que celebraban la vida. Ya después lo visitamos con Víctor y otros miembros del G. I. P. M. en su casa taller, en la ya mítica habitación 283 del Hotel Lima, en La Parada, donde destacaban retratos y dibujos de su musa Marilyn Monroe. Siempre íbamos por lo menos de a tres, porque era una zona peligrosa. Por allí cerca vivía también nuestro amigo Teodoro Stucchi, miembro del G. I. P. M. Curiosamente constaté la falsedad de quienes, sin conocer al extraordinario pintor, difundieron el mito de su alcoholismo: Humareda no tomaba alcohol, era adicto al café con leche.
El nuevo lugar del puesto de libros de Víctor, tenía las mismas características de su puesto de libros del Comedor de Estudiantes de La Cantuta, porque aquí también venían estudiantes y recibían las enseñanzas y consejos que, como siempre, con paciencia y dedicación, ofrecía el viejo maestro; y también era un centro de encuentro con todo aquel dedicado a alguna forma de arte o política.

Por esa época hubo ocasión de que dos de mis maestros más queridos se conocieran entre sí: el doctor en Matemática suizo Eugen Blum y Víctor Mazzi, por supuesto en una enorme cantina de la Plaza Manco Cápac. Ahí también estaban Julio Carmona, Eduardo Ibarra y El Marqués de Oliveira.

A principios de 1986, tuve que retornar a Tacna para reincorporarme a la Universidad Nacional Jorge Basadre y, nuevamente, la comunicación fue por correspondencia. Me enteré que había sido contratado como promotor del Área de Promoción y Difusión de la Biblioteca y Centro de Documentación de la Universidad Nacional de Educación, bajo la dirección del Dr. José Mendo Romero; reconociéndose así, por fin, todo el valor que representaba el intelectual obrero Víctor Mazzi Trujillo.

El año 1989 fue un año aciago para mí. A mediados de febrero me avisaron que el domingo 12, Víctor había dejado de existir. Ese mismo año murieron, tras cortos intervalos, mis dos padres. Cuando retorné a Lima, en enero del 2004, una de las primeras cosas que hice fue visitar su viejo domicilio en el jirón Colombia de Chosica. Encontré la casa totalmente reformada, pero aún conservaba el viejo olor a paltos y carrizales, tal vez por la perseverancia y el gran amor que ha puesto Víctor —su hijo y heredero del patrimonio cultural—, de rescatar todo el legado; quien, además, me recibió con gran cariño junto a su amable esposa. Tuve ocasión de ver a la entrañable doña Justina, ya anciana, pero siempre cariñosa. Pedí a Víctor que me llevara al cementerio de Chosica para dejar algunas flores en la tumba del poeta.

He preferido hacer este testimonio sobre Víctor Mazzi Trujillo, de lo que significó para mí como persona, del entrañable e inolvidable amigo y maestro, y así, también, de los recuerdos del Grupo Intelectual Primero de Mayo, tan presentes en este poemario que se edita en su memoria.


Notas:
[1] Lo conocí cuando aún era en estudiante secundario en Ayacucho y él dirigía la Escuela Regional de Bellas Artes y nos dio una excelente clase de historia del arte a los alumnos de quinto de secundaria. A su perdurable memoria dediqué la segunda edición, corregida y aumentada de mi libro A tiempo completo, que me publicó el poeta Segundo Cancino en Tacna. Sus hijos Alfonso, Luis y José heredaron el arte y las virtudes de este inolvidable maestro.
[2] Cómo olvidar aquel magnífico poema: «Nacer a la vida y ser apaleado / Cruzar con urgencia la niñez / Y ser apaleado / Creer en la felicidad / Y ser apaleado / Amar y ser apaleado / Estar en la verdad / Y ser apaleado / Una pausa / Porque el lomo del hombre / No es tan fuerte».
[3] Víctor Mazzi, Hugo Bravo, Guillermo Daly, David Valenzuela y Egúsquiza, el técnico proyectista, tuvimos el privilegio de verla en 1967, en una copia clandestina que trajo Juan José Vega en unos rollos, cuya carátula titulaba: Alicia en el país de las maravillas.
[4] Él contaba que en Bogotá daba miedo pararse en una esquina porque todo el que se acercaba a uno era poeta.
[5] Pero quien nos llevaba lejos en tango, era el chofer del Rector Juan José Vega (creo que se apellidaba Sifuentes): él fue quien nos dio cátedra de tango de seis de la noche hasta las seis de la mañana, en una inolvidable noche de tango y caña pura. Se sabía al detalle todos los datos de la grabación: la información del autor, el año de grabación, las diferentes versiones, los componentes de la orquesta, del cantante, en fin, todo.

*Este testimonio hace parte del libro Víctor Mazzi Trujillo o la poesía de clase, editado por Jesús Cabel y Víctor Mazzi Huaycucho.